«Una mentira puede dar la vuelta al mundo mientras la verdad se está poniendo los zapatos.»
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase atribuida a Mark Twain porque la mentira ya no necesita esconderse. Tiene redes sociales. Vivimos en la época de la información instantánea, que es una forma bastante elegante de decir que nos enteramos de todo antes de saber si ha ocurrido.
Un bulo nace en cualquier esquina de internet. Alguien lo escribe. Otro lo comparte. Un tercero añade una frase en mayúsculas. Y, cuando queremos darnos cuenta, ya tenemos una verdad alternativa circulando a toda velocidad. Comprobar los hechos queda para los ingenuos.
Además, el bulo tiene una ventaja competitiva extraordinaria: no necesita pruebas. Solo necesita indignación.
«¡URGENTE!». «¡SE ACABA DE SABER!». «¡LOS MEDIOS LO OCULTAN!». Tres ingredientes y listo. La fábrica de certezas ha abierto.
Y si la mentira viene acompañada de una conspiración, mejor todavía. Porque una conspiración siempre resulta más entretenida que una explicación aburrida. ¿Que no hay pruebas? Precisamente. Eso demuestra lo bien que lo están ocultando.
En este mercado de sospechas ha irrumpido también el lawfare. Una palabra que pretende describir el uso de mecanismos judiciales con fines políticos y que se ha convertido, en nuestro debate público, en una etiqueta capaz de explicar prácticamente cualquier cosa.
Si investiga un juez que no nos gusta, es lawfare. Si investiga al adversario, es independencia judicial. Si una sentencia nos da la razón, se ha hecho justicia. Si no nos la da, alguien ha manipulado el sistema.
La coherencia, naturalmente, no cotiza en bolsa.
Lo más preocupante no es que existan bulos, propagandistas o intereses políticos. Eso no es precisamente un descubrimiento de nuestro siglo. Lo preocupante es que nosotros, los ciudadanos, hayamos decidido colaborar.
Porque ya no buscamos información. Buscamos confirmación.
Queremos noticias que nos den la razón, periodistas que piensen como nosotros, jueces que fallen como esperamos y expertos que digan exactamente lo que queríamos escuchar. La realidad, cuando se empeña en llevarnos la contraria, queda inmediatamente bajo sospecha.
Y así acabamos viviendo en una especie de supermercado ideológico: cada cual elige los hechos que le gustan, descarta los que le molestan y se marcha convencido de haber hecho una compra inteligente.
El problema es que la democracia no funciona con verdades a la carta.
Necesita hechos. Necesita pruebas. Necesita periodistas que se equivoquen y rectifiquen, jueces cuyas decisiones puedan criticarse y ciudadanos capaces de distinguir entre una acusación y una condena, entre una sospecha y una evidencia, entre información y propaganda.
Sobre todo, necesita algo que parece haberse convertido en un artículo de lujo: la capacidad de decir «no lo sé».
Porque quizá la mayor victoria de la desinformación no sea conseguir que creamos una mentira.
Es conseguir que dejemos de creer que la verdad importa.
Y mientras nosotros discutimos quién tiene razón, el bulo ya va por la tercera vuelta, con miles de compartidos y, probablemente, un millón de certezas.
«La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad.»
Francis Bacon
Porque hoy sigue siendo martes te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos de negrura para la humanidad.
A los que creen que la verdad sí importa y no sucumben ante los cantos de sirena.




