Una de las preocupaciones de la comunidad internacional con respecto a las recientes elecciones presidenciales en Brasil era el futuro de la selva amazónica brasileña, el gran “pulmón verde” del planeta que estaría mucho más, de lo que ya está, en peligro en caso de que se hubiese producido una victoria del candidato Flavio Bolsonaro, huido de su país tras los comicios, debido a que este apoyaba claramente los intereses de los “fazendeiros”, los grandes terratenientes empecinados en convertir este inmenso bosque tropical lluvioso en tierras de agricultura y ganadería extensivas.
Brasil posee actualmente el 65% de la extensión total de la cuenca amazónica (con cinco millones de kilómetros cuadrados, o diez veces la superficie total de España) heredada del antiguo reino de Portugal tras los tratados con la corona española para delimitar la colonización de las tierras americanas. Bajo el pretexto de defender su soberanía, el Gobierno de Brasilia ha rechazado cualquier tipo de injerencia exterior sobre el territorio del Amazonas.
Sin embargo, la selva amazónica no es simplemente un extensión de tierra dentro de las fronteras de Brasil, ni de los otros siete países de Sudamérica que la comparten. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) es un “arca de Noé” de la biodiversidad (que alberga a más de 300 especies únicas de mamíferos, 1.200 de aves, millones de insectos y 300 etnias indígenas diferentes), un gran banco de recursos hídricos y una herramienta que nos brinda la naturaleza para mitigar el calentamiento del planeta Tierra, la casa común de toda la humanidad, y de cuya preservación depende la supervivencia de nuestra especie humana.
Muchas son las amenazas que se ciernen sobre este vital ecosistema: los “garimpeiros” o mineros ilegales contaminan los ríos con mercurio y otros químicos para la extracción del oro; la tala ilegal de maderas preciosas arrasa los bosques; la pesca y la caza furtivas merman la fauna terrestre e ictiológica y, por supuesto, la transformación de la cobertura boscosa tropical en tierras de agricultura y ganadería intensivas, con el fin de producir a gran escala cultivos de soja y carne de ganado vacuno.
Y ya no es solamente que con la desaparición de la selva amazónica se pierda la posibilidad de que este ecosistema funcione como un sumidero eficaz de dióxido de carbono, evitando que sea emitido hacia la atmósfera ocasionando el efecto invernadero y el aumento de la temperatura terrestre, sino que la tala de árboles y las actividades agropecuarias están contribuyendo a la emisión de gases contaminantes, como el mismo CO2 y el metano, que producen el cambio climático de la Tierra.
El Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil calcula que en la última década el Amazonas ha emitido unos mil millones de toneladas de gases de efecto invernadero hacia la atmósfera, perdiendo su capacidad efectiva de absorber estas emisiones contaminantes, cosa que ocurriría si la selva tropical lluviosa no se encontrase tan afectada.
El líder ecologista brasileño Chico Mendes, asesinado en 1988 por terratenientes en la región fronteriza con Bolivia debido a su lucha en defensa de los “seringales” (bosques de árboles de caucho amazónicos) contra la deforestación promovida por los latifundistas con el apoyo de las autoridades locales y los dirigentes políticos, decía que al principio creía que su labor ambientalista tenia como finalidad proteger a los árboles productores de caucho; luego creyó que lo hacía en beneficio de todo el Amazonas; y finalmente comprendió que su misión era la conservación del planeta para las futuras generaciones. En su honor el grupo mexicano Maná compuso luego la canción “Cuando los ángeles lloran”.
La “ciudadanía mundial” debe entender que la selva del Amazonas nos pertenece a todos y todas los habitantes de este nuestro planeta, y a quienes han de nacer en un futuro cercano y lejano. Por lo tanto, no podemos permitir que termine convertido en pasto para producir filetes ni en frascos de salsa de condimento. La reelección del actual presidente Lula Da Silva supone seguir deteniendo el avance de la destrucción de la región amazónica. Pero la pregunta es ¿hasta cuándo?



