Si, pero no. Esperemos, pudiera ser que no fueran tan enemigos de la democracia como nos lo presentan los partidos de extrema derecha. Debemos solidarizarnos con los que vienen. Necesitan nuestra ayuda. Hemos de respetar los derechos humanos. Somos demócratas y en nuestro sentir caben todas las tendencias políticas y religiosas. Hemos de ser condescendientes con cualquier ciudadano que piense de manera distinta a la nuestra. Incluso con aquellos que delinquen hemos de ser permisivos. Hemos de darle otra oportunidad. En este sentido cabe destacar el malestar social frente a la aplicación de las leyes que favorecen al que delinque con la correspondiente sensación de impotencia de la víctima. Como ejemplo las que han facilitado la puesta en libertad de asesinos de ETA o la reducción de pena de violadores, la famosa ley progresista del si es si.
En resumen, esta es la postura de nuestra Europa decadente y a punto de desaparecer, tal como la conocemos en la actualidad, ante cualquier situación en la que deba adoptar una postura clara de defensa de los intereses de los ciudadanos europeos. Partidos de carácter progresista han conseguido que en Europa la línea divisoria entre lo que beneficia a todos los ciudadanos y lo que les perjudica quede completamente difuminada por interpretaciones demagógicas que con el tiempo han demostrado el peligro que representan para la democracia por estar alentadas por quienes pretenden destruir nuestras democracias y nuestra forma libre de vivir para imponer criterios autócratas o teócratas con los que dominar las sociedades libres en las que se introducen mediante la generosidad solidaria de la legislación e incapacidad de señalar en nuestra legislación la prohibición de admitir comportamientos e ideologías que perjudiquen la convivencia en nuestras democracias.
Podemos pensar que no es demócrata la prohibición de ideologías o religiones en nuestro mundo occidental, pero la situación actual nos dice lo contrario: la democracia debe protegerse de tendencias autócratas y teócratas.
Nuestra actual sociedad abierta, democrática y defensora de los derechos de los ciudadanos está siendo carcomida por los cauces de permisividad a los que tienen acceso los que pretenden anexionarse su territorio y destruir los principios sobre los que está fundada.
En la creación del concepto de Unión Europea intervienen, entre otros, tres personajes políticos de marcada formación católica: Konrad Adenauer, Robert Schuman y Alcide de Gasperi.
Estos tres lideres políticos fundamentan en el humanismo cristiano la creación de la Unión Europea consiguiendo que los viejos odios nacionalista nacidos de la guerra se sustituyan por un modelo de perdón, solidaridad y paz duradera. E incluso la bandera de la Unión Europea tiene un origen católico. Su autor, Harsene Heitz, devoto católico se inspira en la medalla milagrosa de la Virgen María. Su diseño se aprobó el día ocho de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, de 1955.
Si nos remontamos a siglos pasados vemos que la libertad de culto del cristianismo se proclamó en el año 313 d.c. mediante edicto del emperador Constantino. Europa formaba parte entonces del imperio romano.
Una de las actuaciones en las que queda patente la mediocridad y memez de los fundadores de la Unión Europea se produce cuando en la redacción de su Constitución cuyo desarrollo se realiza entre los años 2002 y 2003, formalizándose su firma en el 2004 se excluye la idea de que el cristianismo es la base espiritual de Europa.
Pues bien, durante todos esos años de redacción del proyecto el Pontífice Juan Pablo II solicitó intensamente, a los lideres políticos, que se incluyeran las raíces cristianas de nuestro continente en la Constitución Europea. Sus argumentos eran claros y precisos: Sostenía que la historia del viejo continente no se podía entender sin el cristianismo, considerándolo la religión histórica de los europeos; Argumentaba que este reconocimiento no restaba laicidad a la Unión Europea. Al contrario, afirmaba que protegería a Europa del "secularismo ideológico" y del "integrismo sectario"; y defendía que una verdadera unidad europea duradera no podía basarse únicamente en acuerdos económicos o políticos, sino en valores y raíces éticas comunes.
Los intentos del Santo Padre cayeron en un pedregal ideológico centrado en la ambigüedad y ocultando la base cristiana en el continente europeo. Quedó una redacción simple, demagógica que trata de convencer a todos, pero sobre todo que favorece el olvido del cristianismo y sus principios. En el Preámbulo de la Constitución Europea se lee textualmente: “INSPIRÁNDOSE en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho”.
Para más inri en su Artículo I-2 señala cuales son los valores de la Unión Europea diciendo que se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres.
Mi pregunta es muy fácil: Con esta amplitud de ideas, ¿está preparada Europa para soportar el acoso y ataque de regímenes autocráticos o teocráticos? ¿No sería mejor prever en su Constitución la regulación para la defensa de este tipo de regímenes en beneficio de todos los principios que defendemos? Esto requeriría una limpieza ideológica y unas miras de futuro que no existe en los políticos, hoy en la mayoría de los casos carentes de ética y moral, que beneficiaria con toda seguridad a la totalidad de ciudadanos.



