“Los animales del mundo existen por su propia razón. No fueron hecho para los humanos”
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase de la escritora Alice Walker para abordar una cuestión que me incomoda extraordinariamente y sobre la que mis creencias y compromisos presentan múltiples contradicciones: nuestra relación con los animales.
Confieso que he sido taurina por tradición ya que mi abuela Encarnación era una gran aficionada y, de pequeña, me extasiaba con el ritual, con los trajes, la música, la valentía y la presencia expectante y palpitante del binomio vida y muerte.
Confieso que, al ostentar la condición de campesina hasta los veinte años, mi relación con los animales siempre había sido muy rural, donde los mulos, los caballos, los burros y los bueyes estaban subordinados al hombre, imprescindibles tanto para las labores del campo (arar, barcinar, trillar…) como para el transporte de sus dueños. Aunque existía una relación de dependencia absoluta, en otros ámbitos compartíamos nuestro espíritu salvaje y muchas veces depredador, pues colocábamos pequeños cepos(trampas) haciendo posteros en las soleras de los olivos y depositando liria en la salida de las fuentes para atrapar a los confiados pajarillos. Los perros, siempre atados, protegían las casas o cortijos y eran las alarmas del campo con sus ladridos. Los gatos, de fácil procreación, iban y venían a sus anchas buscando restos de comida. Me reconozco cruel cuando hacíamos experimentos y travesuras con ranas, tábarros o guacharrillos pues asalvajados nos criamos… Mi infancia son recuerdos de mi campo, un campo cualquiera de principios de los años setenta.
Han pasado cincuenta años y nuestra relación con esos seres que se comunican con múltiples y variados sonidos ha dado un viraje extraordinario. En el medio rural, los perros siguen siendo defensores de los cortijos y las parcelas, ahora sueltos pues los campos están vallados. Y siguen siendo compañeros inseparables de los cazadores. Esta cuestión es muy polémica, la de la caza, en la que hoy no voy a entrar.
Han pasado cincuenta años y se ha impuesto socialmente un imprescindible animalismo, una conciencia de la necesidad de considerar al animal como un ser sintiente. Me parece una sensibilidad imprescindible para cohabitar con nuestros hermanos animales (y con las plantas que también son seres vivos que perciben)… pero esta tendencia, para una infinidad de personas, se ha convertido en una moda que, bajo mi punto de vista, muestra una taimada crueldad sobre los cuadrúpedos caninos y gatunos fundamentalmente: convertirlos en su mascota. No tiene sentido que ciudades como Málaga estén llenas de perros, de perros por capricho. Me horroriza contemplar cómo muchos urbanitas sacan a pasear galgos, husky siberianos o perros enormes obligados a sobrevivir fuera de su hábitat. Cada vez son más las familias o personas desarraigadas y solitarias que tienen recluidos en pisos pequeños a sus perros de gran envergadura. Están presos y condicionados a los horarios de sus dueños. No creo que sea algo natural. Y tampoco lo es colocar vestimentas a animales cuya regulación natural les protege del frío y el calor. Creo honestamente que humanizar a nuestras mascotas y tenerlas recluidas en cajas de zapatos urbanas es también una forma de maltrato.
Cuando el hombre se apiade de todas las criaturas vivientes, sólo entonces será noble (Buddha).
Porque hoy sigue siendo martes te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos tan extraños.
Al franciscano que me acompaña en la vida.

