Ha llegado nuevamente el día de “Halloween”, una norteamericanada que en los últimos tiempos ha desvirtuado y relegado a un segundo plano nuestra festividad del Día de todos los santos (1 de noviembre) y la de los Fieles difuntos (2 de noviembre).
Herederos de costumbres paganas del norte de Europa, los estadounidenses celebran en la noche del 31 de octubre el momento en que supuestamente se abría una puerta hacía el más allá, por la cual podían volver al mundo terrenal seres ya fallecidos en forma de criaturas fantásticas para interactuar con los humanos. De ahí la costumbre de disfrazarse de cualquier tipo de engendro, diabólico o no.
Luego, el juego se extendió a los más pequeños, que difrazados de brujas, vampiros, hombres lobo u otro tipo de ser monstruoso, recorren las calles por la noche importunando a los vecinos al grito de "trick or treat" (truco o trato). Es decir, que o se les dan chuches y caramelos o realizarán alguna travesura. El resultado es una noche de consumo de productos híper azucarados, que contribuyen a la obesidad infantil, y la realización de todo tipo de gamberradas, a veces con consecuencias nefastas.
La influencia de las películas y series “made in Hollywood”, y la conversión en una sociedad necesitada de continuo entretenimiento, nos ha llevado a adoptar esta costumbre como propia, cosa que ya ha ocurrido con el Día de los enamorados de San Valentín o el Santa Claus navideño. Ya solo nos falta reunir a la familia para comer pavo con salsa de arándanos en el “Día de acción de gracias”, o tirar cohetes el Cuatro de julio, día de la independencia de la antigua colónia británica en América.
En las ciudades españolas de mayor población se desplegará un dispositivo policial especial de gran envergadura para evitar que los amantes del vandalismo hagan de las suyas ocultos tras las caretas de zombies o momias, destrozando el mobiliario urbano o dañando propiedades privadas. Posiblemente una de las pocas cosas positivas de la subida del precio de los huevos es que los sociópatas no los compararán para estamparlos contra las fachadas de las edificaciones.
No estaría de más que volviésemos a la representación de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, en Televisión Española el 1 de noviembre. Esta obra seguramente les haría reflexionar a muchos sobre los actos de su vida ante la cercanía de la muerte. Tampoco estaría nada mal que alguna emisora de radio llevase a cabo un radioteatro con el texto de “El monte de las ánimas”, de Gustavo Adolfo Bécquer, si se quiere algo terrorífico pero más nuestro.
Y, por supuesto, en estas fechas se debería recordar a los seres queridos que ya no se encuentran entre nosotros, aunque no estén enterrados en ningún cementerio para ir a visitar sus restos, ya que hoy en día se lleva mucho más lo de incinerar a los difuntos.
En resumidas cuentas, en vez de comprar disfraces, atiborrarse de azúcar y hacer gamberradas (que en el caso de los menores de edad tendrán que ser indennizadas por sus padres y madres que son los responsables subsidiarios de estos), la víspera del 1 de noviembre debería ser tiempo de calma y sosiego, y diálogo en familia para tener en cuenta que, tal como asegura el neurocientífico Daniel Mediavilla, la ciencia no ha demostrado que después de la muerte no haya otra forma de existencia.


