El ciudadano no le importa. El que le vota, tampoco. Lo importante es mantener el poder. No hay que dirigirse a todos los ciudadanos, solo a los que piensan como el que aspira al poder. El aspirante a mantener el poder se dirigirá a sus adeptos para convencerles de que los que no piensan como ellos son malos. El aspirante es bueno, muy bueno. Su tono de voz, sus gestos, su forma de gesticular convencen a sus adeptos. A ellos no les importa las malas voces que circulan sobre el comportamiento ilícito del aspirante y sus adláteres. Son rumores. Bulos. Cosas de gente de mal vivir como la derecha y la extrema derecha. Da igual que existan pruebas. A aquellos que no piensan como el aspirante al poder y sus adeptos hay que exterminarlos. Da igual su número, da igual que ganen las elecciones, da igual. El poder. Los únicos queridos son los adeptos. Ellos le abrirán el camino para que siga manteniéndose en el poder. Da igual que para conquistar el poder se pacte con quienes hoy son el brazo político de los que ayer asesinaron con un tiro en la nuca. O con aquellos que en mítines públicos reconocían haber recibido dinero de Irán, y defienden a la mujer haciendo del feminismo su bandera. Da igual que se atropelle una y otra vez la sede de la voluntad popular haciendo creer a la ciudadanía que es un verdadero demócrata. Da igual que una situación de locura como la que en la actualidad vivimos en nuestro mundo la cordura brille por su ausencia y se mantengan posturas que con la división hacen más débil nuestra sociedad. Parece como si los dirigentes políticos estuviesen jugando a cuál de ellos es más loco, y nuestro ocupante de la Moncloa dijese “soy yo”.
Da igual EE.UU, Irán, Irak, Rusia o China. En todos ellos la democracia brilla por su ausencia. La autocracia y las decisiones contrarias a la voluntad popular son cotidianas.
Mientras, Europa se diluye como la línea divisoria entre el bien y el mal. Se crean muros ideológicos con la sola finalidad de que a un lado esté el bien y en el otro el mal. O lo que es lo mismo, yo poseo la verdad y tú la mentira. No hay más.
Decía Sócrates que solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia.
