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Un tigre en la Costa del Sol

Tigres,  Blancos, parece que la Costa del Sol 2026 ha empezado con “gran pie”, pisando fuerte, como se diría. Y no por un nuevo parque de atracciones, precisamente. Entre una sucesión de borrascas y esta fauna que nos va llegando, todo parece decidido a influir y no precisamente a favor, en la cuenta de resultados.

Los empresarios turísticos de Málaga saben y bastante que el riesgo tiene mucho de teoría del caos, esa teoría que nos decía que el aleteo de una mariposa en Japón puede acabar provocando un vendaval al otro lado del mundo. Es una imagen popular para explicar algo incómodo, en sistemas complejos, pequeñas variaciones pueden desencadenar consecuencias gigantescas. Y si hay un sector que vive dentro de un sistema sensible, interconectado, frágil, y sobre todo muy pero que muy miedoso,  ese es el turismo.

En la Costa del Sol lo estamos viendo con crudeza: a veces no hace falta un gran desastre para que empiece a temblar la caja registradora. Basta un detalle. Un retraso. Un titular. O sí: un simple mosquito. Sea tigre o sea un tiburón blanco.

Puede parecer exagerado, pero no lo es. El turista que viene a Málaga no compra solo una habitación. Compra calle, terraza, paseo, playa, ocio al aire libre, noches de relax. Si tras semanas de lluvias se adelanta la proliferación de mosquitos y la experiencia se vuelve incómoda, o nace el temor, el daño llega por la vía más peligrosa: la reputación.

Una reseña negativa se multiplica exponencialmente en redes. Un vídeo viral vale más que mil folletos de promoción. Y lo peor el sector no controla el foco real del problema.

Pero el mosquito o el tiburón no son los motivos que preocupan al sector turístico, seguro que al leerlo los profesionales apenas se les ha encendido una pequeña alarma en lo más profundo de su cerebro.  Lo verdaderamente inquietante es el mosquito de la administración que te chupa la energía, la ilusión y la expectativa. Lo inquietante no es el tiburón: es el abandono, esos grandes depredadores que todo se lo comen a grandes “bocaos”, como son los políticos, sin poner medios ni medidas para favorecer un clima propicio para el progreso de sus vecinos.

Lo verdaderamente inquietante es la inoperancia de quienes nos gobiernan, de quienes gestionan lo más importante que tenemos: nuestros servicios públicos, nuestra sanidad, nuestras carreteras, nuestras infraestructuras, nuestra seguridad.

Ahí es donde el “efecto mariposa” deja de ser metáfora y se convierte en amenaza económica.

Ahí es donde los profesionales ven riesgo para la temporada, donde la incertidumbre hace que se convierta en temor, y ese temor se convierte en contener gastos que revierte sí o sí en el riesgo.

Ahí es donde comprendes que un mosquito tigre, el tiburón blanco y hasta el 99942 Apophis no son más que una simple brisa mientras uno se toma una cerveza con un espeto en un chiringuito de La Carihuela.

El primer gran frente de este arranque de año, aparte del fatídico accidente ferroviario, la conectividad. Cuando el tren falla y más si hablamos de alta velocidad, no se rompe solo una línea: se rompe una parte del flujo de demanda. Caen escapadas de fin de semana, se resiente el turismo de congresos y reuniones, ese que llena entre semana y sostiene la desestacionalización. Para un destino que presume de accesibilidad, el aislamiento ferroviario es una factura que se paga en cancelaciones, en promociones forzadas, en incertidumbre y, por supuesto, en lo más peligroso del turismo: el miedo.

A la vez, los temporales han vuelto a golpear el principal activo físico del destino: las playas. No hablamos de estética. Hablamos de valor de producto. Playas recortadas, accesos dañados, equipamientos deteriorados: todo eso reduce el gasto en restauración, en ocio y en el pequeño comercio local. El cliente percibe menos por lo mismo. Y en turismo, cuando el valor percibido baja, el precio se convierte en la guerra, que al final redunda en lo de siempre, en el empleo.

Otro frente no menor: el agua. Es verdad que el episodio de lluvias puede aliviar temporalmente, pero la Costa del Sol arrastra una fragilidad estructural. El sector convive con el temor a restricciones y con la simple percepción de “destino con limitaciones”. En turismo, percepción y realidad viajan juntas. Basta que un mercado emisor piense que aquí habrá problemas para que empiece a mirar alternativas. Y un cliente que se pierde es muy complicado recuperarlo: la fidelización en turismo puede ser de por vida… pero una vez lo pierdes, lo pierdes.

En paralelo, se suma el caos regulatorio sobre viviendas turísticas: el doble registro, los anuncios grandilocuentes, los políticos de izquierdas alimentando la culpabilidad del empresario y del turista, alcaldes con ansia de dinero fresco trasladando la idea de que el turista “debe pagar”. Inspecciones, moratorias, cambios de reglas. Sea cual sea la postura, el impacto empresarial es claro: inseguridad jurídica y tensión social. Un destino donde la convivencia se rompe y el alojamiento se convierte en una trinchera es un destino que se encarece y se desgasta.

Debajo de todo esto, la bomba silenciosa: la mano de obra. No es solo una cuestión salarial. Es operativa. Si los trabajadores no pueden vivir cerca por el coste de la vivienda, si el transporte diario es un suplicio, si la rotación se dispara, el servicio se resiente. Y hoy, el servicio se mide en estrellas online, la personalización, el trato amable es básico para un negocio, es lo que espera un cliente. Una temporada se hunde por un cúmulo de “detalles” mal atendidos: tiempos de espera, limpieza, trato, buen servicio, etc.  Eso es economía real.

A todo esto se le añade una amenaza con nombre de película de acción: Marlaska contra Bond y la Misión Imposible de la T3.

Si desde Reino Unido se consolida la idea de “caos aeroportuario” colas, controles, fallos, falta de personal, el daño no es técnico: es comercial. El británico decide con titulares y con confianza. Si percibe fricción en la llegada o salida, reserva más tarde, aprieta precios o, la solución más temida, elige otro destino. Y Málaga, que vive del avión y del Reino Unido como pilar esencial, no puede permitirse el lujo de un ministro que pone en riesgo miles y miles de puestos de trabajo.

¿Qué significa todo esto?, ¿pesimismo?, ¿significa que estamos condenados a una crisis? No. Significa que estamos jugando con fuego en un sistema que no perdona la improvisación. Significa que estamos mostrando nuestras debilidades a otros destinos emergentes, significa que no invertimos en lo nuestro, significa que nos creemos el centro del turismo y ese es el mayor error, la arrogancia.  El turismo no se protege con los grandes eslóganes de nuestros políticos de turno,  ni con planes que llegan tarde, ni con fotos de campaña, ni con visitas a ferias, ni con inventos grandilocuentes.

Se protege con gestión. El político debe planear la estrategia como un gerente de una empresa turística: adelantarse, prever, planificar y estudiar riesgos. Preocuparse como cualquier director de hotel o cualquier gerente de un restaurante: tenerlo todo impecable antes de la entrada del primer turista. Infraestructuras fiables, litoral cuidado, coordinación ambiental, reglas claras, vivienda y movilidad para trabajadores, y una política aeroportuaria que entienda que cada cola es una mala campaña internacional gratuita.

Al final, el vendaval no llega por una sola causa. Llega por acumulación. Y en un destino tan exitoso como la Costa del Sol, el verdadero riesgo no es que falten turistas.

El verdadero riesgo es que, por descuidar demasiadas pequeñas cosas a la vez, dejemos de merecerlos.

Torremolinos a veintidós de febrero de dos mil veintiséis.

 

Antonio Sevilla

Presidente de Vox y parlamentario andaluz por Málaga

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