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También las queremos instruidas

Malala Yousafzai, la joven pakistaní que es una de las líderes de la lucha mundial por el derecho a la educación de las mujeres, visitó a principios del mes de marzo nuestro país y nos dejó una afirmación maravillosa, como casi todo lo que ella hace o dice: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. 

Y es que es que esta joven de 28 años, que a los 17 obtuvo el Premio Nobel de la Paz por su activismo en favor del acceso a la educación por parte de las féminas, está ahora recorriendo el orbe para exigir que los talibanes “no borren a las mujeres de la sociedad de Afganistán”, negándoles la posibilidad de asistir a un aula de clase para poder educarse y formarse.

Ella misma vivió en carne propia está situación, cuando en 2012 un terrorista talibán cruzó la frontera afgana para ingresar a Pakistán, detener el autobús escolar donde viajaba Malala y descerrajarle un disparo en plena cara debido a que la jovencita escribía en un blog en inglés pidiendo el acceso a los libros, a los docentes y al saber para las niñas de su generación y su región. Lo demás ya es historia: fue trasladada a un hospital del Reino Unido donde, contra todo pronóstico, consiguieron salvarle la vida.

Cuando recobró la consciencia, Malala creó una fundación dedicada a luchar contra el analfabetismo femenino, un problema de cifras alarmantes, puesto que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) calcula que, hoy en día, de los 711 millones de adultos que no saben leer ni escribir el 64% son mujeres, la mayoría de ellas de África y Asia.

Negar el acceso a la educación de las mujeres es, sin lugar a dudas, una estrategia misógina que pretende el sometimiento de las mismas a un machismo antediluviano. Por ello, si se trabaja realmente en busca de la igualdad de género y el empoderamiento femenino, una de las metas fundamentales es que todas las mujeres dispongan de un libre acceso a la educación básica, con la posibilidad de continuar estudios en niveles educativos superiores.

Bien rememoraba hace pocos días el novelista Antonio Muñoz Molina, en un artículo publicado en el diario El País, que aunque actualmente en nuestras sociedades primermundistas estudiar puede parecer algo “aburrido y banal”, las generaciones que nos precedieron en España valoraban enormemente la instrucción docente, puesto que muchos de ellos, en especial las mujeres, fueron presas de la ignoracia debido a las visicitudes que tuvieron que vivir en tiempos pasados de penurias y estrecheces. Por ello, muchos de ellos, la gran mayoría de ellas, con el advenimiento de la sociedad de bienestar se apuntaron a las escuelas de adultos donde con esfuerzo y orgullo pudieron obtener el graduado escolar y convertirse en voraces lectorss para saciar el enorme “hambre de letras” que tenían.

Romper el techo de cristal que supone la falta de conocimientos y formación académica en la población femenina es uno de los grandes retos de la humanidad en el siglo XXI; pues tal como lo asegura Malala Yousafzai: “una niña, una maestra, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.

Luis Gabriel David

Profesor y periodista

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