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Gilead

He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase proferida por el Papa Francisco en 2013 a raíz de su elección como máximo Pontífice.  La base del cristianismo es precisamente ésa: el humanismo y el amor al semejante, por lo que la Iglesia Católica no puede quedar al margen de la exclusión social y el dolor de gran parte de la humanidad. Caritas, las misiones y un voluntarista voluntariado realizan una labor impagable y maravillosamente generosa para atender a los más desfavorecidos, pero no es suficiente. Para que el rumbo de la sociedad vire radicalmente es imprescindible que todas aquellas personas y organizaciones sociales, incluida la Iglesia Católica que dicen defender la dignidad humana se posicionen claramente en el bando de los buenos, lo que implica señalar con claridad a los responsables de esta situación: las élites económicas y los gobiernos nacidos a su abrigo. León XIV está de visita en España rodeado del boato y los oropeles característicos de la curia eclesiástica al más alto nivel. No voy a entrar en la aconfesionalidad del Estado español proclamada en el artículo 16 de la Constitución, aunque sería un buen argumento para criticar la inversión de dinero público en actos privados religiosos. Me voy a centrar ab initio en una imagen que resulta incompatible con la realidad social del siglo XXI: la ausencia de mujeres. La Iglesia, en general y el Vaticano en particular representan una sociedad teocrática masculina al estilo del Gilead de El cuento de la criada, la imprescindible novela de Margaret Atwood. Cuando esgrimo este argumento siempre me replican que en la iglesia caben las mujeres: hay monjas, misioneras, voluntarias, cofrades (sin derecho a portar las imágenes)….Efectivamente. Y también hay creyentes y beatas y limpiadoras de los templos, y “vestidoras” de santos y vírgenes, pero todas ellas en una posición de servicio, de sumisión. La institución eclesial no admite la presencia de sacerdotisas ni de mujer alguna en los diferentes escalafones de la dirección suprema de tan importante organización religiosa (las abadesas no me valen pues representan la máxima autoridad en un colectivo exclusivamente femenino).

Y me pregunto qué pensaría Jesús acerca de los fastos con que se recibe y a los que se presta el representante de dios en la tierra…

Y me interpelo sobre la opinión de Jesús sobre la exclusión de la mujer en la iglesia levantada a raíz de la ímproba construcción pauliana.

Como no me gustaría terminar sin un gesto amable, tengo que afirmar que las declaraciones humanitarias a favor de los inmigrantes y los desclasados que está profiriendo el pontífice nutren de calidez mi corazón. En su comparecencia en el Congreso, los líderes del mal, defensores del nacional catolicismo, han tenido que comulgar con las ruedas del molino de su incoherencia.

Porque hoy sigue siendo martes te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos de niebla en el alma de la humanidad.

A quienes son capaces de ver a través de la densa niebla.

Encarnación Páez Alba

Alma errante

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