Concluidas todas las fases del escrutinio electoral el Colombia, cuyo sistema de votación es modélico en la región de las Américas por su rapidez, eficacia y transparencia, ya se puede dar por sentado que el candidato independiente Abelardo De la Espriella, fundador del movimiento Defensores de la Patria, será investido el próximo día siete de agosto como nuevo presidente de la República de Colombia. A pesar de que al actual mandatario, Gustavo Preto, le cueste aceptar la derrota de su candidato, el oficialista Iván Cepeda, del partido Pacto Histórico, tal como le ocurrió al estadounidense Donald Trump en los comicios de 2020 cuando, para su estupefacción, los resultados no le fueron favorables.
A Iván Cepeda, un hombre que proviene del rancio abolengo de viejo Partido Comunista Colombiano y cuyo padre, un destacado dirigente del partido Unión Patriótica, fue asesinado en los “años de plomo” de la década de los noventa, no le benefició en nada ser etiquetado como el seguidor de Gustavo Petro y continuador de sus erráticas políticas. Y es que, en resumidas cuentas, la sociedad colombiana necesita inmediatamente un cambio que le permita salir de la crisis en la que se encuentra.
Los fuegos que se deben apagar ya mismo son muchos: la delincuencia se ha disparado a niveles que no se veían desde mucho tiempo atrás. La inseguridad ha sido uno de los grandes agujeros negros del Gobierno saliente, que ha predicado el diálogo con los violentos como la gran panacea, al estilo del “Abrazos y no balazos” del ex mandatario mexicano Antonio Manuel López Obrador. Sin embargo, esto únicamente ha conseguido reforzar a los grupos armados al margen de la ley que, sin ningún tipo de ideología, se dedican control de la producción de coca, la minería ilegal y la extorsión a gran, mediana y pequeña escala.
A lo anterior hay que sumarle la crisis en el colapso del sistema sanitario, con las entidades prestadoras de los servicios de salud que incomprensiblemente no reciben dinero del Gobierno, y por lo cual los pacientes no son atendidos a tiempo (se dan citas y se programan intervenciones quirúrgicas con un año de retraso) y tampoco se les proporciona a los enfermos la medicación necesaria.
En el panorama económico también se ven negros nubarrones: con una excesiva dependencia de los vaivenes del precio del petróleo y los caprichos del principal socio comercial extranjero (Estados Unidos); con una inflación que alcanza el 6% (que triplica la meta del 2% propuesta por el Banco de la República) y que se traduce en el aumento del precio de productos básicos para las familias colombianas (especialmente los alimentos); con un 55% de ocupación laboral informal (gente que trabaja sin cotizar para una pensión, ni pagar impuestos y con una total desprotección legal); y una gran necesidad de la llegada de remesas enviadas por los colombianos residentes fuera del país, ingresos que superan en más del 40% a las exportaciones de café.
Llama la atención el hecho de que esta diáspora colombiana de cinco millones de personas, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia, que han salido de las fronteras para buscar en otras naciones el futuro que su país no les ofrecía, votasen masivamente por De la Espriella, superando en más del doble los votos de Cepeda. Esto podría interpretarse como una señal vital de querer retornar al terruño si las circunstancias actuales cambiasen.
Una promesa incumplida
El actual presidente, Gustavo Petro, asumió la jefatura del Estado con un amplio apoyo en las urnas, después de haber sido alcalde de Bogotá de 2012 a 2016 con un desempeño del cual quedaron más sombras que luces sin llegar a resolver la mayoría de los problemas que enfrentaba la capital colombiana. A pesar de ello, este antiguo guerrillero del Movimiento M-19 (donde fue un líder de segunda línea, sin comparación alguna con los históricos Carlos Pizarro, Álvaro Fayad, Antonio Navarro o Vera Grabe), fue elegido en 2022 como una promisoria alternativa a la política tradicional de los grandes partidos.
Sin embargo, mucha gente considera que se quedó en eso; en una promesa incumplida y cuyo tiempo ya ha pasado. Pero es un hecho que al mismo Petro, que se ha convertido en una figura megalómana y mitómana, una suerte de “Trump tropical”, le es casi imposible aceptar la voluntad popular, achacando la derrota en el proceso democrático de quien había elegido como sucesor a imaginarías injerencias extranjeras o conspiraciones en las mesas electorales de las cuales no existe prueba alguna, mientras que la misión de observadores internacionales le ha echado un buen rapapolvo por su injerencia indebida durante la campaña presidencial y por haber cuestionado y haber divulgado sospechas infundadas sobre la realización de los comicios.
Lo que sí ha sido evidente es que en aquellas regiones de Colombia controladas impunemente por los señores de la guerra de las llamadas “disidencias” de la guerrilla, a quienes no les vino bien el proceso de paz y optaron por seguir reclutando forzosamente menores de edad, continuar extorsionando a la población civil y mantener el control de las plantaciones ilegales de coca y amapola; en esos lugares remotos la gente fue obligada a punta de cañón de fusil a votar por la opción oficialista. Lo cual no fue suficiente para revertir el resultado de la primera vuelta de las votaciones.
Ahora será el turno de Abelardo de la Espriella Juris, un empresario caribeño con raíces en la ciudad de Montería, una urbe de gente emprendedora situada en el interior de la costa Caribe, que con la llegada del nuevo siglo pasó de ser una ciudad de calles sin pavimentar y sin semáforos, casas de techo de palma, y precarios servicios de acueducto, electricidad y telefonía, a convertirse en la capital de departamento de mayor desarrollo y crecimiento en Colombia.
De la Espriella y quien será su vicepresidente, el economista y académico Juan Manuel Restrepo Abondano, anuncian que trabajarán en la construcción de una “patria milagro”... Y eso es lo que hoy en día ansía la mayoría de colombianos y colombianas: un milagro que los rescate del no futuro en el que se siente atrapada gran parte de la población.





