Entre viajes a Sevilla, reuniones en la provincia y pasar por casa aunque fuera a cambiar el contenido de la mochila, he conseguido el tiempo para hacer lo que realmente quería esta semana: acampar en la plaza de la Constitución. Nunca la he visto tan bonita. Todo empezó el lunes 28 de septiembre, cuando la concentración por el derecho a la vivienda y en protesta por el desahucio de Maricarmen se desbordó, se volvió manifestación y culminó en una acampada improvisada en pleno centro de Málaga. El pequeño asentamiento de 12 tiendas que se formó el lunes no dejó de crecer. El cordón policial que asediaba la plaza el primer día desapareció y dio paso a más tiendas: 40, 80, 100… 150. Se formaron barrios en miniatura, cada uno con su nombre y su numeración, y zonas comunes donde comer, divertirse, informar a los curiosos o almacenar las donaciones. Y el viernes por la mañana, recién despertado y dándole sorbos a mi café en la zona de trabajo, pensé “esto es lo más cerca que he estado jamás de tomarme algo en la terraza del Starbucks de la Constitución”.
¿Cómo hemos llegado a este punto? Y no me refiero a la acampada, sino a sentir el punto más central de nuestra ciudad como un lugar ajeno, extraño, privado. Creo que, independientemente del signo político, toda la gente en Málaga es consciente de la pérdida de identidad progresiva que está sufriendo la ciudad. Podría hablar de cuando en la plaza había una ferretería, de cuando el Café Central no era un John Scott’s o de cuando no había en la esquina un local de inversiones inmobiliarias… El antropólogo Marc Augé llamó "no lugares" a esos espacios donde nadie te conoce, donde nada guarda memoria y donde solo existes como cliente: aeropuertos, autopistas, centros comerciales. Lo que no imaginaba es que la plaza de la Constitución acabaría pareciéndose a una terminal de salidas. Pero la nostalgia no nos sacará de esta; solo lo hará la conciencia. Y hay que tener claro que si hemos llegado hasta aquí es por un motivo: el libre mercado no llegó solo, lo trajo la política.
A veces lo dicen con la boca grande, a veces lo dicen con la boca chica, pero el Partido Popular es el partido que defiende los intereses del neoliberalismo en el Estado. Y en Málaga, donde gobierna desde hace más de un cuarto de siglo, no le hace falta decirlo: basta con ver a quién le abre la puerta y a quién se la cierra. Este verano lo vimos con una claridad casi pedagógica. En julio, la Policía Local entró en la playa de Sacaba para desalojar las autocaravanas en las que vivían decenas de familias trabajadoras, gente con empleo que no puede pagar un alquiler en la ciudad donde trabaja. El Ayuntamiento justificó el desalojo por las quejas vecinales y la insalubridad, y el alcalde pidió comprensión. El jueves me encontré en la acampada con uno de aquellos desalojados. Casi tres meses después, me contó, siguen esperando un sitio donde dejar sus caravanas. Tres meses no han bastado para encontrar un solar. Para tramitar el centro de datos de Campanillas bastaron 46 días.
Para que un fondo catarí y un grupo hotelero puedan levantar un rascacielos de lujo en suelo público portuario, el Pleno del Ayuntamiento amparó una modificación urbanística que multiplica por siete y media la edificabilidad de la parcela. Para quien no tiene casa, un plazo y un desalojo. Para quien quiere construir un hotel de cinco estrellas, se cambian las normas. No es que la burocracia sea lenta: es rápida para unos y lenta para otros. Y esta semana lo hemos vuelto a ver en la plaza de la Constitución. La misma plaza que se cierra, se valla y se llena de tribunas, escenarios y montajes cada vez que el Ayuntamiento lo decide, recibió a los vecinos que querían quedarse en ella con agentes intentando impedir que se montara el campamento. La plaza es de todos, nos dicen. Pero solo cuando la usa quien ellos quieren. En Realismo capitalista, Mark Fisher señaló una paradoja que cualquiera que haya pedido un permiso al Ayuntamiento conoce bien: el neoliberalismo prometió acabar con la burocracia y lo que hizo fue multiplicarla. Una burocracia nueva, obsesionada con los indicadores y la imagen, donde importa más parecer que funcionar. Y esa misma burocracia, implacable con unos y complaciente con otros, es la que ha ido convirtiendo el espacio público en lo que Augé llamaba un no lugar: un sitio de paso donde solo existimos como clientes. Y eso se ha roto, al menos brevemente, al menos en una pequeña parte del centro.
En cada publicación en redes que ha salido sobre la acampada se agolpan multitud de comentarios en la misma tónica: “buscad trabajo”, “vestid bien” o “esta gente solo está aquí de fiesta”. Dejando a un lado que existe una zona de coworking por algo y que irse de acampada con chaqueta y castellanos sería ridículo, me interesa defender precisamente eso: la diversión. Porque aunque no lo parezca, simplemente estar en el lugar es un acto político. Más allá de las asambleas y de los puntos informativos, algo tan sencillo como organizar un taller de manualidades, cenar con desconocidos, tocar la guitarra con tus amigos… Es una ventana abierta a lo que podría ser la ciudad si la intervención institucional fuera a favor de los vecinos y no de las empresas.
El mundo va a cambiar de forma, de manera silenciosa o en un estruendo, a favor del 99% o del 1%. Este tipo de estallidos espontáneos de poder popular no son más que el ensayo de lo que podría ser nuestra ciudad, nuestro país, nuestra vida. A simple vista, quizás mañana todo siga igual, pero para muchas de las personas que han formado parte de la acampada algo habrá cambiado. Una revelación, una verdad indeleble: la plaza ya era nuestra. Solo teníamos que habitarla.



