Es evidente que en las conversaciones que se llevan a cabo en los círculos familiares y de amistades, en la información que circula en los medios de comunicación y en los temas de discusión en las redes sociales, se ha creado una atmósfera de pesimismo, desasosiego y temor ante lo que es la realidad actual y lo que podrá ser el futuro cercano y lejano. Para muchas personas, vivimos ahora mismo unos “malos tiempos”, casi pre-apocalípticos, debido a las guerras en varios contienentes, la inestabilidad económica y política, la crisis climática y la posible amenaza de las novísimas tecnologías (como si ya nos enfrentásemos al mismísimo ordenador “Hal 9000” de la película “2001, Odisea en el espacio”).
Sin embargo, la humanidad vive ahora muchísimo mejor de lo que se vivía hace un siglo o quince centurias. Solo es necesario hojear cualquier libro de historia para recordar que en esos tiempos pasados, que nunca fueron mejores que los actuales, la barbarie, la ignorancia y la enfermedad estuvieron siempre presentes sin apenas posibilidad de controlarlas.
Y algo que quizás aumenta la sensación de impotencia y desesperanza ciudadana, es la creencia de las personas de que no pueden hacer nada para mejorar este panorama que se nos pinta. Que cualquier solución ante los problemas que afectan al planeta y sus habitantes solo está en manos de inaccesibles líderes políticos y de grandes corporaciones empresariales, cuyas decisiones podrían cambiar nuestras vidas para bien o para mal.
No obstante, vale recordar en este caso el concepto del “Efecto mariposa”, que el científico estadounidense Edward Lorenz planteo en la década de los años sesenta, sobre cómo las pequeñas acciones en cadena pueden producir resultados de mayor magnitud. Lo ilustraba afirmando que cuando una mariposa bate sus alas en Brasil esto podría provocar un huracán en Estados Unidos.
Lo anterior, llevado al funcionamiento de nuestras sociedades, explica muchas de las cosas que ocurren al día de hoy: las relaciones internacionales se han visto trastocadas debido a que en ciertos países la mayoría de sus ciudadanos han votado (cada uno individualmente) a sus actuales mandatarios, los cuales han puesto patas arriba al orden mundial. Asimismo, el consumo desbocado de energía y combustibles fósiles de millones de personas ha contribuido al innegable calentamiento del planeta, mientras que la libre circulación de bulos y mensajes de odio en las redes sociales (o antisociales) ha creado el clima de crispación y polarización que se vive en muchos países del mundo.
Pero… ¿Y si la gente comenzase a realizar pequeñas acciones que sumadas pudiesen lograr gigantescos cambios globales? Dejar de usar bolsas de plástico, utilizar el transporte público y racionalizar el consumo de energía reduciría la emisión de gases de efecto invernadero. Minimizar el consumo de alcohol, tabaco, carnes rojas y la exposición al sol disminuiría a corto y mediano plazo la aparición de muchas enfermedades entre la población. No seguir a los “odiadores” de las redes ni compartir sus mensajes contribuiría a un diálogo social sosegado y razonado. No consumir los productos de aquellas empresas que vulneran los derechos humanos o amenazan la preservación de los recursos naturales y votar a aquellas iniciativas políticas en favor del mantenimiento del estado de bienestar y la resolución pacífica de conflictos entre naciones, ayudaría a conseguir un mundo mejor, tal vez no mañana, pero quizás sí pasado mañana.
Entre tanto pesimismo no es una vana ilusión hacer un llamamiento al optimismo. Pudiendo parafrasear al novelista inglés Charles Dickens, al asegurar que “los malos tiempos son los mejores tiempos”, puesto que de las crisis sociales pueden surgir cambios vitales para beneficio de todos.



