«El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente».
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase atribuida a Lord Acton porque el adelanto electoral vuelve a convertir a España en un tablero de ajedrez. Los partidos hacen cuentas, las encuestas dictan titulares y los estrategas calculan escaños. Todo perfectamente medido, salvo una cosa: los ciudadanos no somos números.
Mientras unos calculan mayorías, millones de personas calculan cómo llegar a fin de mes. Alquileres imposibles, salarios que no alcanzan, listas de espera, pensiones ajustadas y jóvenes sin posibilidad de emanciparse. Para ellos, estas elecciones no son una partida entre siglas: son una cuestión de vida cotidiana.
Y mientras tanto, una parte de la izquierda parece empeñada en facilitarle el trabajo a sus adversarios. Divisiones, egos y guerras internas pueden convertir diferencias legítimas en derrotas innecesarias. Mientras unos discuten quién tiene razón, otros hacen cuentas sobre quién tendrá los escaños.
La ultraderecha, entretanto, espera. Convierte el malestar en miedo y ofrece respuestas fáciles para problemas complejos, señalando culpables y enfrentando a quienes están abajo. La gran trampa es conseguir que trabajadores se enfrenten con trabajadores, jóvenes con mayores y, mientras nadie mira hacia arriba, pobres con pobres
Pero hay algo que rompe esa lógica: la gente en la calle.
Las recientes movilizaciones y acampadas por la vivienda han demostrado que la ciudadanía no está condenada a contemplar el espectáculo desde el sofá. Desde Sol hasta Málaga, Sevilla, Cádiz o Córdoba, miles de personas han convertido plazas y calles en espacios de protesta y organización.
Y quizá ahí esté una de las pocas razones para la esperanza. No una esperanza ingenua, sino la que nace cuando personas que apenas se conocen descubren que comparten el mismo problema y deciden organizarse. Estudiantes, trabajadores, familias y jubilados han encontrado en estas movilizaciones un espacio común frente a una crisis que parecía condenada a convertirse en paisaje.
Porque estas elecciones importan especialmente a quienes menos tienen. Nos jugamos la vivienda, la sanidad, la educación, las pensiones, los salarios y los derechos laborales. Quien tiene patrimonio puede protegerse mejor; quien vive al límite no tiene esa posibilidad.
Así que hagamos nuestras propias cuentas. No las de los escaños, sino las de nuestras vidas. Y recordemos que la democracia no termina cuando depositamos una papeleta: también está en la calle, en las asociaciones, en los barrios y en la capacidad de organizarse y reclamar derechos.
Porque cuando termine la noche electoral, los políticos seguirán teniendo micrófonos y asesores. Los demás seguiremos teniendo que pagar el alquiler.
Y quizá la pregunta no sea quién gana las elecciones, sino una mucho más incómoda:
¿Quién gana cuando los de abajo perdemos?
«La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes».
Martin Luther King Jr.
Porque hoy sigue siendo martes, te deseo mucha fuerza y mucho ánimo en estos tiempos tan inciertos.
A los que no se conforman...



