La desilusión que lleva al odio y el consuelo de encontrar en él una forma de satisfacción muestran como el odio puede convertirse en una verdadera razón de vida, hasta el punto de sacrificar por él lo que se considera más preciado, incluso a sí mismo. El odio crece por una suerte de autocombustión destructiva, que no se apaga si se le da rienda suelta y provoca un placer maligno. Su fuerza es también su debilidad porque se basa en una mentira, en una distorsión del juicio: la percepción del otro como mal absoluto, rechazando la complejidad y por tanto su realidad efectiva. Desmontar esta construcción ilusoria es uno de los antídotos más eficaces para combatir el odio.
En realidad el odio, al destruir el bien, corroe internamente a quien lo cultiva, haciéndolo prisionero de recuerdos exasperados que se agigantan con el tiempo, hasta convertirse en una obsesión que no da tregua. La frustración provocada por este vacío produce un sufrimiento aún mayor, que a su vez aumenta la amargura y el deseo de revancha. De ahí el círculo vicioso que caracteriza al odio, y la atracción que este suscita: el odio marca de por vida a quien lo cultiva. Incluso cuando deja de alimentarlo su ser queda marcado por el odio aumentando la frustración de no poder haber practicado le diversidad en igualdad de condiciones a los demás.
El odio se convierte así en un automatismo que vive de su propia vida y continua obrando incluso cuando el otro deja de existir. El odio apaga el futuro, volviéndolo una copia del presente, y elimina, junto con el futuro, la esperanza de un posible cambio. Al respecto, se cuenta como ejemplo la siguiente anécdota de que una señora le dijo a una amiga que le había quitado el saludo a su hijo por una falta grave contra ella; habían transcurrido más de veinte años sin que esta cambiara de actitud. Cuando su amiga le pregunto de qué se trataba la falta, la señora respondió con desconcertante candor: «¡Pues, a decir verdad, ya ni siquiera me acuerdo!».
Desde la perspectiva del tipo de personalidad, se ha señalado que las actitudes ligadas al odio revelan una baja autoestima: en la práctica, con él se tiende a compensar la incapacidad para enfrentarse al contrario en su diversidad, considerándolo como una amenaza. Considerándolo no como adversario, sino como enemigo al que hay que destruir. Por eso el odio tiende a arraigarse principalmente en personalidades narcisistas, especialmente en su modalidad «maligna», caracterizada por una concepción grandiosa de sí mismo unida a una fuerte agresividad frente a posibles rivales. De ahí la inclinación a rechazar en bloque al mundo, considerado elementos malignos que conspiran contra él.


