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Resaca

"El deporte tiene el poder de cambiar el mundo. Tiene el poder de unir a la gente como pocas cosas lo hacen."

He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase clarividente de uno de mis gobernantes favoritos: Nelson Mandela, porque hoy estamos de resaca deportiva.

Hay resacas que llegan después de una noche de fiesta y otras que aparecen cuando se apaga el ruido. La del Mundial pertenece a estas últimas. Se guardan las banderas, se apagan las pantallas gigantes y volvemos a la rutina. A las discusiones de siempre. A las trincheras de siempre.

Durante unas semanas, millones de personas celebran el mismo gol, abrazan al desconocido que tienen al lado y descubren que es mucho más fácil entenderse cuando el objetivo es común. Después volvemos a un país donde cada día parece obligatorio elegir un bando, desconfiar del que piensa distinto y vivir enfadados.

Quizá por eso el mayor triunfo de la selección española no sea un título. Ha sido recordarnos algo que parece olvidado: que nadie gana solo.

En un tiempo en el que el individualismo se premia, donde las redes sociales convierten el insulto en entretenimiento y donde el odio obtiene más audiencia que el respeto, este equipo ha construido su éxito exactamente al revés. Nadie ha querido ser más importante que el escudo. Nadie ha necesitado humillar al rival para sentirse superior. Nadie ha confundido la competitividad con la arrogancia.

Y eso, aunque parezca mentira, resulta casi revolucionario.

Porque vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más escuchar. Donde las diferencias ya no enriquecen; enfrentan. Donde el desacuerdo se convierte demasiado rápido en desprecio. Nos han acostumbrado a pensar que solo existen vencedores y vencidos, buenos y malos, conmigo o contra mí. Como si la convivencia fuera un partido que alguien tiene que perder.

Sin embargo, cuando rueda un balón y el talento habla, desaparecen las etiquetas que algunos se empeñan en convertir en fronteras. En el césped importa el compromiso, no el origen; el esfuerzo, no el color de la piel; el compañerismo, no el apellido. Esa es una de las grandes lecciones que el deporte puede ofrecer a una sociedad que todavía convive con el racismo y la xenofobia: que la diversidad no debilita a un equipo, lo hace mejor. Que excluir nunca nos hace más fuertes, mientras que integrar multiplica el talento y ensancha la comunidad.

Mientras tanto, el fútbol, convertido desde hace tiempo en una inmensa industria, sigue alimentando demasiadas veces la lógica contraria. Cuanto mayor es la polémica, mayor es la audiencia. Cuanto más ruido, más dinero. El negocio necesita héroes y villanos, enemigos permanentes, debates interminables y aficionados convertidos en clientes. La pasión vende. El enfrentamiento, todavía más. Y en ocasiones ese enfrentamiento encuentra en el racismo, la xenofobia o la deshumanización del diferente un atajo demasiado fácil que nunca deberíamos normalizar.

Por eso esta selección representa algo que va mucho más allá del resultado. Ha demostrado que se puede competir con respeto, ganar sin soberbia y perder sin buscar culpables. Ha recordado que el liderazgo también consiste en cuidar al compañero, que el talento florece cuando se pone al servicio del grupo y que la verdadera fortaleza nace de la confianza, no del miedo.

Quizá ahí esté la lección que deberíamos sacar de este mundial.

Porque fuera del estadio no hay árbitros que puedan detener el partido cuando la convivencia entra en juego. Esa responsabilidad es únicamente nuestra.

"Ninguno de nosotros es tan bueno como todos nosotros juntos."

Ray Kroc.

Porque hoy sigue siendo martes te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos que hoy, por la resaca, parecen un poco menos oscuros.

A los que usan el dinero para mejorar el mundo, como la selección de Noruega.

 

Encarnación Páez Alba

Alma errante

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