Se puede resumir en una frase de Upton Sinclair:” Es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Esta es el sentimiento actual de nuestra sociedad en la que el cenit de este pensamiento ha llegado a debilitar a uno de los pilares básicos de nuestra democracia, como son los cuerpos de seguridad del Estado en donde la cizaña de la corrupción ha plantado sus raíces. En la vida social de nuestra ciudadanía es difícil entender la condescendencia que existe con quienes cometen actos ilícitos frente a otros ciudadanos que por descuido o por desconocimiento incumplen la ley. La vara de medir es distinta. Frente al delincuente el ciudadano se siente indefenso y desprotegido por la justicia, mientras que el infractor ocasional, siente el acoso y el peso de la legalidad y autoridad del orden. Ello se debe a dos factores que cada día que pasa se van implementando en nuestra sociedad: la debilidad de las fuerzas del orden y seguridad del Estado y el sentimiento cada vez más arraigado en la ciudadanía de que la ley no es igual para todos los ciudadanos.
El deterioro de estos dos principios, pilares de cualquier Estado democrático, se debe sola y exclusivamente a la actuación de nuestros políticos, aparentes representantes de la mayoría de la voluntad popular representada en nuestro Congreso de los Diputados. La pregunta que nos hacemos a continuación es bastante lógica, porque en la actualidad gobierna quien ha perdido una y otra vez las elecciones democráticas de nuestro país. La respuesta es manifiestamente democrática: nuestra Constitución permite el gobierno de nuestro país formando una mayoría parlamentaria, con independencia de cual haya sido el partido más votado. ¿Dónde está la grieta de nuestra Constitución?: en dar por hecho que nuestros políticos, lejos de perseguir el poder, persiguen el bien común. Al fallar esta premisa nuestra Constitución, precisamente por su carácter democrático e inclusivo, puede ser usada por políticos ansiosos de poder para intentar destruir la Constitución que les ha permitido llegar al poder así como a la sociedad que hizo posible la mencionada Constitución. En la actualidad vivimos momentos muy difíciles para nuestra democracia. Quienes atentan contra ella, hablemos del mal, lo hacen con astucia, de forma silenciosa y aprovechando la confianza que los ciudadanos tenemos en nuestra Constitución, que la aprovecha el mal, es decir, quienes carentes de espíritu de entrega para hacer el bien común, para causar división, estigmatización y confusión.
El mal, representado en la actualidad por políticos que permiten la corrupción, o lo que es peor, se aprovechan de la corrupción para mantenerse en el poder realiza su labor silenciosa haciendo creer a la ciudadanía que la línea divisoria entre lo bueno y lo malo depende de la conciencia individual del ciudadano lo que allana el camino para sentar las bases de que lo que yo o los míos hagan está bien, y todo lo que hagan los demás está mal. Así tenemos presidentes que mienten compulsivamente y ministros que insultan sin parar como si el insulto pudiera suplir al conocimiento y el dialogo. La corrupción pone en peligro nuestra democracia. Como sé que todo está escrito, no tengo más remedio que citar a Ciceron: “Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable”.



