Los paisanos que nada más que sabemos preguntar a Google como a un abuelito de saberes, todo lo que nos viene a la cocola con el ordenata y el móvil delante; poco husmeamos que, en el antiguo Gobierno Militar malagueño, la grandísima enciclopedia de brontobytes monta guardia como los soldaditos del caqui, para detectar y sacarle tarjeta roja a todas las amenazas que se producen en la Red, como el único enclave europeo para el control de los estropicios digitales. Estar a porta gayola en el Paseo de la Farola, frente al Starbucks portuario le da al antiguo lavachochos, un acento de modernidad neoyanqui a lo Pompidou. Pero, aunque Google sea nuestro vecino turístico más productivo, la Comunidad Europea en su afán de protegernos del abuso de la compañía le ha largado un multazo de 2.950 millones, por la coladera de los anuncios por doquier que invaden nuestra pantalla gracias a sus trucos, hasta cuando el ratón está en el queso y el índice hurgando en la nariz. Míster Donald del que se ríen los jefes chinos, rusos, indios y hasta el niño consentido de Corea del Norte; ha tomado por el pito de un sereno a nuestra jefecilla europea Úrsula vonvón, por eso de plantarse en su Campo Trump Golf, para que el magnate americano le colocara los aranceles como si pusiera banderillas negras al Viejo Continente. La multa a Google le ha llevado a amenazar, a nuestro culo en pompa, con más subida de aranceles. Mucho hay que estudiar en los tugurios, para protegernos de la política internacional, llevada por Trump y las grandes dirigencias internacionales. Durante muchos años de nuestra historia delictiva local, cruzaba por los aledaños de la Google GSEC de Málaga, un ciclista que se ahorraba la vigilancia de su contrabando con su paquetito de hachís para el vacile, parece que los productores del Continente tendrán que tomar ejemplo del de los pedales, para llevar nuestras exportaciones a yanquilandia pasando por el rostro a Trump.

