“Le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. La vida no se parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Partido trataba de lograr”
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con este párrafo extraído del libro 1984 de Georges Orwell, el emblemático escritor que, al modo de la ciencia ficción que se hace realidad y, tomando como modelo el régimen dictatorial de Stalin, preconizó una sociedad vigilada y controlada de una forma extrema. Habitamos unos tiempos de hiperconexión, de adicción a las pantallas y al consumo rápido de imágenes, vídeos y textos muy breves. La inmediatez y la vertiginosidad nos ha atrapado en una telaraña invisible de la que ni podemos ni sabemos escapar. Nos vamos sumergiendo en una realidad virtual irreal que corre paralela a nuestra vida cotidiana. Han cambiado los sistemas de enseñanza, los métodos de estudio para incorporar pantallas también a los planes académicos. Las personas mayores, analógicas por naturaleza, se han visto arrolladas por una tecnología que se ha implantado, sin alternativas, en todos los sectores y servicios. La universalización de las redes sociales, fenómeno que ha enriquecido de una forma indecente, exagerada y sin productividad alguna a Elon Musk, Mark Zuckenberg and company, bajo la premisa de la comunicación, han creado el método de control perfecto. Casi todos vivimos al lado del móvil y los famosos algoritmos nos “sugieren” qué comer, cómo vestirnos, cuáles deben ser nuestros sueños y qué pensar y votar. Hay un sector de nuestra población, los más vulnerables, que están manejando herramientas que pueden acarrearles una malformación emocional, social e intelectual, pues hablamos de personas en construcción. Las redes sociales se han convertido en un arma para perpetuar el acoso escolar, para convertirlo en algo permanente 24/7 que acentúa la intensidad de los efectos de la crueldad y la denostación, abocando al suicidio en demasiadas ocasiones.
El acceso de los menores a Internet abre las puertas a contenidos no siempre adecuados para ellos, incluyendo la pornografía. Aunque no lo busquen, en ocasiones les llega a sus dispositivos o a través de algún amigo. Este exceso de información, no siempre fiable ni adaptada a su grado de madurez, junto con la gran presión social que sienten en la edad adolescente, les puede poner en riesgo de tomar decisiones que impacten en su salud. Según datos recientes de Save the children, el primer contacto con el porno sucede de media a los 12 años. Esto significa que muchos niños llegan a ello a edades más tempranas, lo cual puede suponer un gran impacto para ellos. Que el acceso a las nociones de sexualidad sea mediante la pornografía, desvirtúa peligrosamente la concepción de lo afectivo sexual y puede producir un daño irreparable en la mentalidad del menor.
Cada vez se suceden más episodios de utilización de la inteligencia artificial entre menores para realizar montajes y “desnudar” a sus compañeras y compañeros…
Todo lo expuesto viene a colación del anuncio de nuestro presidente del Gobierno de restringir /prohibir el uso de las redes sociales para menores de 16 años. Australia ya ha aprobado su implantación. Me parece una decisión valiente, responsable y protectora de la integridad de nuestros niños y adolescentes. Las reacciones de la jauría tecnológica, enarbolando la bandera de la libertad obligatoria de consumo virtual, no se ha hecho esperar.
Ojalá se aplique cuanto antes porque, al menos para una generación , el daño puede devenir impredecible.
“El consumidor actual es alguien que está conectado o a punto de conectarse”
Andy Stalman
Porque hoy sigue siendo martes, te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos de enredo en redes.
A los que tiene vida al margen de los algoritmos.
