“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión”
He querido comenzar mi reflexión marciana de hoy con esta frase del lejano Nelson Mandela, uno de los adalides de la libertad y la dignidad como cualidades intrínsecas a los seres humanos porque hay imágenes que deberían avergonzarnos como sociedad. En Ceuta, mientras personas migrantes sobreviven en una situación humanitaria insoportable, algunos ultras han decidido que la respuesta al problema es señalar, perseguir y llamar a «cazarlos». No hay patriotismo en eso. No hay valentía. Hay algo mucho más miserable: convertir al más vulnerable en el enemigo perfecto.
Y conviene decirlo alto y claro: quien llama a cazar inmigrantes no está defendiendo Ceuta; está atacando la democracia.
La inmigración puede y debe ser gestionada. Las fronteras deben estar controladas. Los delitos deben perseguirse. Pero ninguna de esas obligaciones autoriza a sustituir el Estado de derecho por la ley de la turba. Un delito lo comete una persona, no una nacionalidad. Y una frontera puede controlar quién entra, pero jamás debería decidir quién merece dignidad.
Los derechos humanos no son una concesión que hacemos cuando las cosas van bien. Son precisamente aquello que nos queda cuando el miedo, la rabia y la desesperación intentan imponerse.
Pero tampoco vale mirar únicamente a los ultras y darse por satisfecho. El Gobierno tiene que asumir su parte de responsabilidad. Ha llegado tarde, ha reaccionado cuando la crisis ya estaba encima y ha vuelto a demostrar que nuestra política migratoria funciona demasiado a menudo a golpe de emergencia. Ceuta no necesita ministros explicando después lo que ocurrió. Necesita instituciones capaces de anticiparse antes de que ocurra.
Porque cuando el Estado falla en previsión, coordinación y recursos, deja un vacío. Y ese vacío lo llenan los demagogos con odio.
Ceuta no necesita más incendiarios. Necesita un Gobierno que gobierne, una oposición que no convierta el sufrimiento en combustible electoral y unas instituciones capaces de proteger simultáneamente la frontera y la dignidad de quienes llegan a ella.
Lo contrario es la barbarie disfrazada de patriotismo.
Y hay algo que deberíamos recordar antes de dejarnos arrastrar por el ruido: la grandeza de un país no se mide por la dureza con la que trata al débil, sino por la capacidad de mantener sus principios cuando hacerlo resulta difícil.
Ceuta no tiene que elegir entre seguridad y humanidad. Tiene derecho a exigir las dos.
Y si para algunos defender la patria significa perseguir al extranjero, quizá deberían preguntarse qué clase de patria están defendiendo.
Porque una frontera puede separar países.
El odio, en cambio, puede acabar separándonos de nosotros mismos.
«La humanidad no se divide en categorías; todos somos miembros de una sola familia humana» Kofi Annan.
Porque hoy sigue siendo martes, te deseo mucho ánimo y mucha fuerza en estos tiempos de avance tecnológico y retroceso humano vertiginosos.
A quienes son capaces de mirar con amor a quienes les tocó la parte débil de la cuerda.




