Hay aniversarios que la gran mayoría de la gente preferiría no recordar, y este es el caso del accidente de la central nuclear de Chernóbil, en la actual Ucrania, de cuya tragedia radioactiva se cumplieron este 26 de abril cuarenta años.
Todo ocurrió en la primavera de 1986, cuando en la central nuclear bautizada con el nombre de Lenin, vecina de la ciudad ucraniana de Prípiat, que por aquel entonces pertenecía a la Unión Soviética, se produjo la explosión de uno de los reactores utilizados para generar electricidad debido a unas operaciones de mantenimiento mal realizadas. El incidente alcanzó el máximo grado dentro de la escala de accidentes nucleares, el número siete, y es considerado el peor desastre medioambiental de la historia de la humanidad.
Todavía enzarzados en plena Guerra Fría, los soviéticos trataron de ocultar lo ocurrido, pero del reactor escapó hacia la atmósfera la mitad del combustible, produciendo una nube radioactiva 500 veces mayor que la de la bomba atómica de Hiroshima en 1945. Dicha contaminación recorrió una distancia de 162 mil kilómetros cuadrados llegando incluso a América del Norte y pudiendo afectar apróximadamente a unas 600 mil personas en todo el mundo.
Nunca se sabrá a ciencia cierta el número de víctimas mortales que trajo consigo este desastre. Solo se han contabilizado los ingenieros que fallecieron inmediatamente después de la explosión, y los bomberos que llegaron luego para apagar el fuego que se produjo en el reactor. Toda la población circundante fue evacuada, más de 300 mil personas, y la ciudad de Prípiat se convirtió en una urbe fantasma que hoy en día es visitada por “turistas de alto riesgo”. Pero nunca se sabrá a ciencia cierta cuántas personas desarrollaron cánceres debido a la exposición al yodo radioactivo.
El reactor colapsado se encuentra actualmente encapsulado en un sarcófago de acero, cuyo coste ascendió a los 1.500 millones de euros que fueron dados por la comunidad internacional. Sin embargo, deberá ser remplazado por otra estructura dentro de unos 100 años debido a las condiciones climáticas de la zona.
Solamente el accidente de la planta nuclear de Fukushima en Japón, que resultó afectada por un tsunami en 2011, volvió a registrase como un incidente de la escala 7, aunque sin las consecuencias que tuvo Chernóbil. Pero ya fue otro “aviso para navegantes”.
En estos tiempos, en los cuales la energía nuclear parece ser la panacea para satisfacer la demanda de energía del mundo entero, ante los vaivenes del precio de los combustibles fósiles y su emisión de gases que ocasionan el cambio climático, se hace necesario tomar todas las medidas necesarias, y muchas más, para que ese “apocalipsis atómico, que temía Robert Opennheimer, el “padre” de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, nunca se haga realidad.


