La alcaldesa de El Burgo, María Dolores Narváez, mantiene un pulso con el móvil, porque es de imaginar que periodistas, políticos de bandera o por la ocasión, y miembros de eso dado en llamar la comunidad de la buena conciencia universal o vecinal, han querido felicitarla, también curiosear; por haber quemado su pueblo un “jua” de siete metros, en la festividad de la Quema el 5 de abril, de un muñeco con la imagen de Netanyahu, con sus correspondientes 14 kilos de polvora, para espantar al aire sus maldades.
El gobierno de Israel, que todo lo que recibe son parabienes de Trump y sus secuacez, ha convocado a rabieta diplomática a su encargada de negocios en los madriles, para hacer la típica mueca de un ataque a su pueblo. La indalicadeza de los burgueños, ha calado en las raices semítica, manda carajo, como si las campañas internacionales contra Franco y su dictadura, hubieran atentado contra el buen nombre de los españolitos que lo padeciamos.
Un gobernante contumaz en la violencia genocida, reclamado por el Tribunal Penal Internacional, condenable para el orbe; le intimida su fama de verse de combustible festivo, ante la conciencia de los poquitos 1.800 habitantes de las inmediaciones del Parque de la Sierra de las Nieves. La verdad que es de temer, porque en terminos de pregnancia histórica, lo del portalito de Belén y el Gólgota, es primetime y overbooking con panderetas y capirotes, año tras año entre creyentes e incrédulos.
Nuestra Piel de Toro, desde la expulsión de 1492, y la última Vuelta, somos un pueblo más condescendiente que contendiente. A los descendientes de los hijos de Noé de la rama semita, le hemos tenemos amistad, respeto y solidaridad, por lo que nadie puede sembrarnos nuestro rechazo a sus buenas gentes, en manos de la psicopatía de su Benjamín arrasador de pueblos, rompedor singular del cuadro internacional de las buenas relaciones diplomáticas y el orden internacional.

